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Historia de América

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Historia de América

Mensaje por T el Vie Oct 02, 2009 8:35 pm

Y en ésta también estoy. Mis apuntes de Historia de América de este año empiezan con la cosmogonía, como es lógico cuando se estudia nada menos que un Mundo Nuevo: hay que empezar la historia por el principio. Algunos ya habéis leído esto, pero me parece interesante colgarlo para los demás. Dedicado a Mercedes Sosa:

Mercedes Sosa: Canción con todos



El mito de la Revolución neolítica en América


Sabréis ahora cómo rezó y ayunó Hiawatha en el bosque, no para obtener mayor habilidad en la caza, ni mayor arte en la pesca, como tampoco para alcanzar el triunfo en el combate y fama entre los guerreros; ayunó y rezó para el provecho del pueblo, para el beneficio de las naciones.
Primero construyó una cabaña de ayunos, construyó un wigwam en el bosque, junto al reluciente Gran Lago. La construyó en la alegre y agradable Primavera, en la Luna de las Hojas. Y, favorecido con muchos sueños y visiones, ayunó durante siete días con sus noches.
Durante el primer día de ayuno, vagó por el frondoso bosque. Vio al ciervo saltar en la espesura; vio al conejo en su madriguera; oyó al faisán, a Bena, tamborilear; oyó a la ardilla, a Adjidaumo, que hacía castañetear su provisión de bellotas; vio a la paloma torcaz, la Omeme, construir nidos en los pinos; y vio bandadas de gansos salvajes, de Wawa, que volaban hacia los marjales del Norte, batiendo ruidosamente las alas y gimiendo, muy alto sobre su cabeza. “¡Señor de la Vida! -gritó, desalentado-. ¿Han de depender nuestras vidas de esas criaturas?”
Al día siguiente, paseó por la orilla del río, a través del Muskoday, el prado. Vio el arroz silvestre, Mahnomonee; vio el arándano, Meenahaga, la fresa, Odahmin, y la grosella, Shahbomin; y las cepas de la vid, la Bemahgut, trepando por las ramas de los alisos y llenando el aire de fragancia. “¡Señor de la Vida! -gritó, desalentado-. ¿Han de depender nuestras vidas de esas cosas?”
Al tercer día de su ayuno, se sentó a meditar junto al lago, junto a las tranquilas y transparentes aguas. Vio a Nahma, el esturión, saltar y rociar con gotas semejantes a cuentas; vio la perca dorada, la Sahwa, como un rayo de sol dentro del agua; vio el lucio, el Maskenozha, y el arenque, Okahahwis, y al Shawgashee, el ástaco. “¡Señor de la Vida! -gritó, desalentado-. ¿Han de depender nuestras vidas de estos seres?”
Al cuarto día de ayuno se tumbó en su cabaña, agotado. Desde su lecho de hojas y ramas, observaba, con los párpados entornados y lleno de sueños y vagas visiones, el trémulo paisaje, que parecía bailar ante sus ojos, el brillo de las aguas, el esplendor del ocaso. Y vio acercársele un joven con vestiduras de color verde y amarillo, que llegaba a través del purpúreo crepúsculo, que atravesaba el esplendor del ocaso. Sobre su frente cimbraban plumas de verdor, y su cabellera era sedosa y dorada.
Se detuvo en la entrada, abierta, de la tienda y contempló a Hiawatha un buen rato, mirando con piedad y compasión su rostro demacrado, su cuerpo consumido. Y, con tonos semejantes al susurro del Viento del Sur en las copas de los árboles, dijo: “¡Oh, Hiawatha! Todas tus oraciones son escuchadas en el cielo, porque tú no rezas como los demás. No rezas pidiendo más habilidad en la caza, ni mayor arte en la pesca; tampoco pides alcanzar el triunfo en el combate y fama entre los guerreros. Rezas para el provecho del pueblo, para el beneficio de las naciones. Enviado por el Señor de la Vida, yo, Mondamín, el Amigo del Hombre, vengo para advertirte e instruirte, para mostrarte cómo con trabajo y esfuerzo puedes obtener aquello por lo que has rezado. ¡Levántate de tu lecho de ramas! ¡Levántate, joven, y lucha conmigo!”
Desfallecido por la falta de alimento, Hiawatha se levantó de un salto de su lecho de ramas; del crepúsculo de su wigwam emergió al arrebol del ocaso, salió y luchó con Mondamín. A su contacto, Hiawatha sintió que en su interior latía un nuevo valor, sintió correr nueva vida, esperanza y vigor por todos sus nervios y músculos. Así pues, lucharon los dos en la gloria del ocaso. Y cuanto más se esforzaban y luchaban, más ferzas cobraba aún Hiawatha. Hasta que la oscuridad los rodeó, y la garza, la Shuh-shuh-gah, lanzó desde su nido en los pinos un grito de lamento, un chillido de dolor y de hambre.
“¡Ya basta! -dijo entonces Mondamín, sonriendo a Hiawatha-. Pero mañana, cuando se ponga el sol, vendré de nuevo a probarte.” Y se desvaneció, desapareció de la vista. Si fue penetrando en la tierra como penetra la lluvia, o elevándose en el aire como se levanta la niebla, Hiawatha no lo supo. Solo vio que había desaparecido, dejándolo solo y débil, con el lago brumoso a sus pies y las titilantes estrellas sobre su cabeza.
Al día siguiente, cuando el sol, descendiendo por el cielo como un rojo carbón encendido del hogar del Gran Espíritu, se hundía en las aguas del oeste, llegó Mondamín para la prueba, para luchar con Hiawatha. Llegó tan silencioso como llega el rocío, que surge del aire vacío y al aire vacío regresa, que toca forma al tocar la tierra; invisible a los hombres en su llegar y su partir.
Tres veces lucharon, en la gloria del ocaso, hasta que la oscuridad los rodeó, hasta que la garza, la Shuh-shuh-gah, lanzó su agudo grito de hambre desde su nido en los pinos, y Mondamín se detuvo para escuchar. Alto y hermoso, con sus vestiduras de color verde y amarillo, estaba allí, de pie. Sus plumas ondeaban sobre su cabeza y oscilaban de un lado para otro al compás de su respiración, y el sudor del combate se condensaba como gotas de rocío sobre su cuerpo. Y gritó: “¡Oh Hiawatha! Has luchado bravamente conmigo; tres veces has luchado tenazmente conmigo, y el Señor de la Vida, que nos ve, te concederá a ti el triunfo.” Luego sonrió y añadió: “Mañana es el último día de tu combate, el último día de tu ayuno. Tú me superarás y me vencerás. Luego, prepárame un lecho en que yacer, donde la lluvia pueda caer sobre mí, donde el sol pueda ir a calentarme. Quítame estas vestiduras, verdes y amarilas, quítame también este ondeante plumaje. Entiérrame y esponja bien la tierra que me cubra. No permitas que mano alguna turbe mi sueño. Haz que ninguna mala hierba ni lombriz me moleste; no dejes que Kahgahgee, el cuervo, se acerque a importunarme. Ven tú solo a vigilarme hasta que despierte y me levante, y vuelva a la vida, hasta que salte al interior de la luz del sol.” Y, diciendo esto, se fue.
Hiawatha durmió plácidamente. No obstante, oyó a Wawonaissa, oyó a la chotacabras quejarse, posada sobre su solitario wigwam; oyó al saltarín Sebowisha, oyó al arroyuelo murmurar cerca de él, en charla con el oscuro bosque; oyó el susurro de las ramas, al subir y bajar mecidas por el viento de la noche. Lo oyó como oye uno entre sueños murmullos lejanos, susurros vagos.
Por la mañana llegó Nokomis, al séptimo día del ayuno. Traía comida para Hiawatha, suplicando y lamentándose, de miedo que el hambre le venciera, temiendo que su ayuno le resultara fatal. Pero él no quiso probar nada, y se limitó a decirle: “Nokomis, espera a que el sol se ponga, a que las tinieblas nos rodeen, a que la garza, la Shuh-shuh-gah, gritando desde las desoladas lagunas, nos anuncie que el día ha terminado”. Llorando, Nokomis regresó a casa, muy triste por su Hiawatha, temiendo que las fuerzas le fallasen, que su ayuno le resultara fatal. Él, mientras tanto, se quedó sentado, extenuado, esperando la llegada de Mondamín. Hasta que las sombras, alargándose hacia oriente, cubrieron los campos y los bosques, hasta que el sol descendió del cielo, flotando sobre las aguas hacia poniente, como cae una roja hoja en otoño y se va flotando sobre las aguas, para acabar hundiéndose en éstas. Y he aquí que el joven Mondamín, con sus sedosos y relucientes cabellos, con sus vestiduras de color verde y amarillo, con su largo y lustroso plumaje, apareció en el umbral y lo llamó por señas. E Hiawatha, como quien anda en sueños, pálido y ojeroso, pero impertérrito, salió del wigwam y luchó con Mondamín.
El paisaje daba vueltas en torno a él, el cielo y el bosque giraban juntos, pero su fuerte corazón saltaba en su pecho como salta el esturión y se debate en la red para romper sus mallas. Como un anillo de fuego, llameaba y fulguraba a su alrededor el encendido horizonte, y un centenar de soles parecían observar a los dos contendientes luchando.
De pronto, sobre la alfombra de hierba, solo quedó en pie Hiawatha, jadeando por el violento esfuerzo, palpitando por la dura lucha. Y ante él, sin aliento, sin vida, yacía el joven, con los cabellos desordenados, las plumas destrozadas y las vestiduras desgarradas; yacía muerto allí bajo la luz del ocaso. Y el victorioso Hiawatha hizo la sepultura tal como se le había ordenado. Le quitó las ropas a Mondamín, le quitó el desgarrado plumaje, lo enterró y dejó la tierra suelta y esponjosa sobre él. Y la garza, la Shuh-shuh-gah, lanzó un grito de lamento desde los melancólicos marjales, un grito de dolor y de angustia.
A casa regresó entonces Hiawatha, a la cabaña de la vieja Nokomis, y sus siete días de ayuno fueron cumplidos y completados. Pero no olvidó el lugar donde había luchado con Modamín, como tampoco olvidó ni desatendió la tumba donde yacía éste, durmiendo bajo la lluvia y el sol, donde sus plumas y sus vestidos esparcidos se desteñían bajo el sol y la lluvia. Cada día iba Hiawatha a esperar y vigilar junto a la tumba, mantenía esponjoso el oscuro mantillo que la recubría, la conservaba limpia de insectos y de malas hierbas, y espantaba, con gritos y burlas, a Kahgahgee, el rey de los cuervos.
Hasta que, por fin, brotó lentamente de la tierra una pequeña pluma verde, y luego otra, y otra; y antes de que terminara el verano, el maíz se mostró con toda su belleza, con su brillante atavío y sus largos, sedosos y dorados cabellos. Y, extasiado, Hiawatha exclamó: “¡Es Mondamín! ¡Sí, es el Amigo del Hombre, es Mondamín!”
Llamó luego a la vieja Nokomis y a Iagoo, el gran fanfarrón. Les mostró el lugar donde crecía el maíz, les contó su maravillosa visión, su combate y su triunfo, y les habló de este nuevo don para las naciones, que en lo sucesivo constituiría su alimento. Y más tarde, cuando el otoño trocó en amarillo el verde de las largas hojas, y los dulces y jugosos granos se convirtieron en una especie de cuentas amarillas y duras, entonces Hiawatha recogió las espigas maduras, las despojó de las secas hojas, como había desnudado una vez al luchador. Y Hiawatha organizó la primera Fiesta de Mondamín, e hizo que el pueblo conociera este nuevo don del Gran Espíritu.

Henry Wadsworth Longfellow: El canto de Hiawatha

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Re: Historia de América

Mensaje por Bloody el Vie Oct 02, 2009 9:04 pm

Gracias por las palabras y la canción, una de mis preferidas. ¿te he dicho ya que llevo meses echándote de menos? Me siento más en casa. Gracias de nuevo
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