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LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

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LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:45 pm

CATALINA DE ARAGON

Catalina era hija de Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, y nace el 16 de diciembre de 1485; y al igual que sus hermanas, Isabel, María y Juana, pasa sus primeros años bajo la tutela de su madre, que la educa en el cuidado del hogar y de su futuro esposo, pero también en la cultura. Aprende Latín, Música, Poesía, y rudimentos de Derecho Civil y Canónico, además de Heráldica y Genealogía; es decir, todo lo que conviene a una Infanta de España. Recibe el nombre de Catalina en honor a su bisabuela materna, Catalina de Lancaster, lo cual quizá fuese premonitorio de cual sería su destino. La reina educa a sus tres hijas para ser esposas amantes, sumisas y consagradas por completo al cuidado de su esposo. La propia Isabel hilaba personalmente las camisas del rey Fernando, y Catalina seguirá, más adelante, su ejemplo. Los Reyes Católicos usan a sus hijos como moneda de cambio para crear un sistema de alianzas matrimoniales con el resto de Europa, y Catalina es una pieza más. A ella le corresponderá llevar a cabo la alianza inglesa, ya que la protección de los puertos ingleses es necesaria para los barcos mercantes españoles en sus viajes a los Países Bajos. Sin embargo, al rey Fernando le preocupa que la dinastía Tudor, recién instalada en el trono con Enrique VII, sea todavía demasiado inestable; aunque tanto a Fernando como a Enrique les conviene una alianza para enfrentarse a Francia. Después de muchas conversaciones, en enero de 1497 se comprometen Catalina de Aragón y Arturo, heredero del rey inglés. Se envían consejos para la educación de la futura princesa de Gales, que debe aprender francés, y acostumbrarse a beber vino, puesto que el agua de su nuevo país, raramente es potable. El 19 de mayo de 1499 se celebra la primera de las ceremonias de los esponsales, y los jóvenes empiezan a escribirse cartas, en Latín, que es el único idioma común, de momento. Se conviene que cuando Catalina cumpla 16 años partirá hacia Inglaterra. El día antes del embarque en el puerto de La Coruña, lo pasa Catalina en Santiago de Compostela, rogando ante la Tumba del Apóstol, para tener buen viaje y buena estancia. Pero el Señor Santiago no escucha sus ruegos, y apenas están en la bahía de Vizcaya, deben volver a causa de una fuerte tormenta. Al final, en un segundo intento, el 2 de octubre de 1501, Catalina llega a Plymouth, donde le espera una flota encargada de darle escolta. La corte se halla en Richmond, y hacia allí parte Catalina, después de dar gracias a Dios por haber llegado sana y salva.



Todos los ingleses se quedan asombrados ante el aspecto de Catalina, pues esperan a una belleza española de cabello y ojos negros, y se encuentran a una chiquilla de muy corta estatura y figura agradable, aunque redondeada, con una tez blanquísima y mejillas sonrosadas, como una rosa inglesa. Ha heredado los colores de su bisabuela Catalina de Lancaster, y su cabello es espeso y rubio, y azules son sus ojos. Uno de sus mayores atractivos se cuenta que era su voz baja y grave, que parecía incongruente con la diminuta figura. Si todos se quedan encantados con Catalina, ella se decepciona profundamente del aspecto de su prometido, un niño de quince años, más bajo que ella, que es de pequeña estatura, enclenque y de aspecto enfermizo. Catalina es recibida con toda pompa y boato, y el matrimonio se celebra el 14 de noviembre de 1501 en la catedral de San Pablo. La infanta luce una mantilla blanca de blonda, cuajada de joyas, y es escoltada al altar por el hermano menor de su prometido, Enrique de York, que aunque apenas cuenta diez años, ya es más alto que su hermano mayor. En el banquete, Catalina se sienta al lado del que ya es su suegro, el rey Enrique VII, mientras al príncipe de Gales le sientan en la mesa de los niños. Al final del ágape, una multitud de cortesanos conducen a los adolescentes a su lecho nupcial y allí les dejan acostados. Catalina siempre manifestó, incluso mediante juramento, que el matrimonio no se había consumado. Después de la boda, se había planeado, que dada su juventud, los esposos se separasen; Catalina se quedaría en Londres bajo la tutela de su suegra, Isabel de York; mientras que el príncipe partiría a Gales, al castillo de Ludlow. Pero no se sabe por qué, el rey cambia de parecer, y los dos van a Gales. El castillo es húmedo y el invierno muy duro. Los dos muchachos enferman y cuando Arturo fallece el 3 de abril de 1502., Catalina está grave. Enrique asume el título de príncipe de Gales, y Catalina se convierte en un problema de estado, pues el rey no sabe que hacer con la viuda de su hijo. En lo hondo de su corazón le ruega a Dios que se la lleve y le libere del problema.

Catalina continuaba enferma cuando se celebraron los funerales por su esposo. Isabel de York envía, unos días después, una litera convenientemente forrada de terciopelo negro en señal de luto, para que recojan a la princesa y la lleven a su propia residencia de Londres, para ocuparse de su cuidado. Pero aparte de la reina, nadie más se preocupa por Catalina, ni piensa que se puede sentir sola en un país extranjero, del cual todavía no habla bien su lengua. El asunto más problemático era el de la dote, y para no tener que devolverla, la solución sería que la princesa se comprometiese con Enrique, el nuevo príncipe de Gales. Y de esta dote todavía quedaba por pagar la mitad, porque los fondos del rey de Aragón no eran demasiados en ese momento. El rey Fernando desea saber si el primer matrimonio ha sido o no consumado, no por el bienestar de su hija, sino para poder negociar mejor; y doña Elvira, la dueña de Catalina, le jura y perjura que no, que su niña es virgen todavía. El rey católico envía entonces al duque de Estrada como su representante, para que negocie con Enrique VII; y tiene que dejar claro, sobre todo, que el mantenimiento de la princesa y su séquito será de cargo de la corte inglesa, nunca pagado a costa de la dote. El problema era que el matrimonio entre Catalina y Enrique necesitaba de una dispensa papal, en razón del primer matrimonio de la princesa, que había creado entre ambos una relación de afinidad. Aunque esta relación no la creaba el matrimonio en sí, sino su consumación, y si no había existido una unión sexual, no había afinidad. La dispensa es concedida, pero de tal manera que causará muchos problemas en el futuro, porque habla de que el matrimonio forsitan (palabra latina que significa tal vez) hubiere sido consumado o no. Es decir, la duda queda establecida. La muerte de Isabel de York deja a Catalina sin su principal valedora en la corte. Se llega incluso a hablar de la posibilidad de que la princesa, de 16 años, se case con su suegro, de 46; pero los padres se oponen, no en razón a la diferencia de edad, sino porque saben que el príncipe Enrique siempre tendrá preferencia en su herencia al trono ante un hipotético hijo de la pareja. En octubre de 1504 muere también Isabel la Católica, y su esposo se casa al año siguiente con Germana de Foix, de 18 años, sobrina del rey de Francia. Fernando quiere afianzar su posición aragonesa, ahora que la reina de Castilla es su hija Juana. Catalina se queda cada vez más desamparada en Inglaterra, sin nadie que luche por su causa, y por orden del rey, el heredero repudia el compromiso con Catalina un día antes de cumplir los 14 años.

La princesa de Gales no lleva bien su estancia en Inglaterra, pues la mantienen aislada en Durham House, junto a doña Elvira y el resto de sus sirvientes españoles; y dado que no se trata con muchos ingleses, a pesar de llevar cinco años en el país, apenas habla inglés. Y poco a poco se empieza a quedar sin la gente de su séquito; siendo el padre Geraldini el primero en dejarla; ya que se enfrenta a ella debido a unos rumores que de dedicó a propagar sobre su primer matrimonio. Las damas no se encuentran contentas en Durham, porque pronto escasean no solo los lujos, sino hasta las cosas más esenciales. Hasta doña Elvira y el capellán la abandonan, y Catalina ya no puede ni confesarse en español. En el año 1506 Juana de Castilla y su esposo, Felipe el Hermoso, viajan a Inglaterra, y en el acto de bienvenida, Catalina puede lucir las joyas que le regalado su madre, y disfrutar de la presencia de su hermana, que sin embargo no le trae la ayuda material que ella esperaba. Catalina se ve obligada a escribir a su padre explicando su grave situación, pues no tiene dinero ni para alimentos ni para ropa, y el rey Enrique nada le proporciona. Fernando, en malas relaciones con Enrique porque éste apoya a los Habsburgo frente a la corona de Aragón, tampoco acude a la demanda de su hija. Y es la propia Catalina quien se enfrenta con su suegro, anunciando que el compromiso con Enrique debe cumplirse o ella pensará que no está tratando con caballeros. Una mala noticia más es la viudedad de Juana, que hace que se convierta en un nuevo peón de Fernando al estar ahora sin el apoyo de su marido. La única mejoría en el estado de Catalina es la llegada de un nuevo confesor, Fran Diego, que pasará a desempeñar un importante papel, no siempre acertado, en la vida de la princesa; y de una dama castellana, doña María de Salinas, que se convertirá en su mejor amiga y confidente. en 1509 Catalina siente que no puede más y anuncia a su padre que desea volver a su tierra, para profesar como religiosa en un convento. Empiezan los preparativos para la vuelta de Catalina, pero hay que interrumpirlos por la muerte del rey Enrique VII, al que sucede su hijo.

Poco después de la muerte de Enrique VII, el nuevo rey, Enrique VIII, contrae matrimonio con Catalina de Aragón, cuando él tiene 18 años y ella 23. Catalina se viste de blanco, como corresponde a una novia virgen; y la fiesta que se celebra es discreta, debido al luto reciente. La gran fiesta se celebrará el día de San Juan, cuando tiene lugar la coronación del rey y de la reina, que se celebra a la vez, en la abadía de Westminster, en contra de lo que era costumbre, porque Catalina es hija de los Reyes Católicos. En honor a la celebración, se otorgan nuevos títulos y condecoraciones, y uno de los condecorados con la Orden del Baño es Thomas Boleyn. ¿Por qué se casa Enrique con su prometida? El, años más tarde, explica que lo hizo debido a que se lo juró a su padre en su lecho de muerte; otros dicen que fue debido al asesoramiento del consejo, para no perder la dote. Pero hay incluso otros que no buscan razones tan mercenarias, y creen que éstas no serían otras que el enamoramiento entre dos jóvenes que se encontraban cercanos y solitarios. Sea como fuere, la reina está encantada, pues ha terminado su período de privaciones y aislamiento; y además tiene a su lado a un buen mozo, de considerable estatura, hermosos ojos azules, y de figura grácil y todavía esbelta. Para aquellos tiempos, el rey, que medía 1,85, era una especie de gigante, sobre todo si lo comparamos con la diminuta figura de la reina. Era además, por su juventud, de talante alegre y divertido, y le agradaban las fiestas, la caza y la vida al aire libre. Pero también era una persona culta y que leía mucho, y tocaba varios instrumentos. Catalina seguía conservando la belleza que había asombrado gratamente a los ingleses cuando llegó, aunque su carácter se había vuelto más fuerte, merced a las muchas penalidades que le tocó pasar. No tarda la reina en contar a su padre que la vida en la corte es una fiesta perpetua. El rey siente debilidad por los bailes de máscaras, en los que baila con todas las damas y tiene placer en que su esposa se sorprenda cuando él se quita la máscara. Catalina, por aquel entonces embarazada, no participa de manera activa en el baile, pero finge sorprenderse convenientemente cuando toca, para agradar al rey. Los reyes vivían, aún dentro del mismo castillo, en alas separadas, y con distintos servidores, aunque el rey, al menos en los primeros tiempos, cena casi cada noche en la cámara de la reina y comparte a menudo su lecho. Cuando Catalina se queda en estado, a los pocos meses de matrimonio, se cumple la previsión de que será una buena paridora de príncipes, como lo fue su propia madre. Pero el primer hijo es una niña prematura, que nace muerta. Catalina se queda en tal estado de postración, que tarda unos meses en ser capaz de comunicar la noticia a su padre.

Pero a los pocos meses Catalina se queda de nuevo embarazada, y el 2 de enero de 1511 nace un varón al que bautizan con el nombre de su padre y su abuelo, aunque desgraciadamente no llega a cumplir los dos meses. La desolación de los reyes es enorme, pero sienten también la esperanza que su propia juventud les proporciona. Enrique sentía beligerancia hacia Francia, heredada de sus antepasados, y esto, unido a su juventud y ardor guerrero, lleva a que el rey envía tropas inglesas a Fuenterrabía, en apoyo de de Navarra. Y al año siguiente, en 1513, Enrique piensa en invadir Francia, dejando a la reina entretanto como regente, pues era su principal consejera. Los escoceses aprovechan la ausencia del rey para atacar algunos puntos de la frontera. La propia Catalina, a caballo, dirige unas palabras a los capitanes ingleses, instándoles a que defiendan a muerte su territorio; e incluso se decide a hablarles en inglés, aunque todavía conserva un marcado acento castellano. La propia reina piensa en acompañar a su ejército hacia el norte, pero los capitanes la disuaden, por el peligro que entraña. La victoria de Flodden aleja la amenaza escocesa, y es mucho más importante que la victoria conseguida en la batalla de las Espuelas, donde Enrique vence a Francia. El rey pronto cambia de tercio en sus alianzas y en 1514 planea la boda de su hermana María con el rey viudo Luís XII de Francia, y la misma Catalina acompaña a su cuñada a que embarque en Dover, aunque este matrimonio sea una afrenta a su padre, el rey de Aragón. Pero Catalina siempre mantuvo en el primer lugar de sus afectos y fidelidades a su esposo. En la primavera de 1513 la reina vuelve a quedar embarazada, aunque éste embarazo se malogra, y será en febrero de 1515 cuando de nuevo le cuente al rey que espera un hijo, aunque este niño solo vivirá unas horas.

En los primeros años de matrimonio no hay pruebas de que Enrique no fuese el más fiel de los esposos, aunque se sabe que en algunos de los viajes tuvo alguna vez una aventurilla sin más importancia. Y si es verdad que el rey coqueteaba con todas las azafatas de la reina. El 18 de febrero de 1516, a las cuatro de la mañana, si se dan por buenas las crónicas cortesanas, nace una niña, a la que el rey quiere llamar María, en honor a su hermana, que había sido reina de Francia tan solo unos meses, pues el rey murió poco después de la boda. LA alegría no es total, pues se esperaba el ansiado varón, pero aún así se celebran grandes fiestas, y Enrique dice a todos que después de María vendrán más niños. De todos modos, la pequeña será una baza importante en la política y diplomacia de su padre, ahora que la anterior reina de Francia, la otra María, se ha casado con el duque de Suffolk, y ya no cabe acudir a ella para alianzas matrimoniales; ni tampoco a la otra hermana, Margarita, que se ha casado en secreto con un noble escocés. Enrique necesita más que nunca buenas relaciones, ya que el año anterior se habían unido el duque de Milán, el papa, Fernando de Aragón y el emperador Maximiliano en contra de Francisco I de Francia. Y la muerte de Fernando de Aragón, apenas un mes antes del nacimiento de su nieta, hace cambiar la escena política, siendo el sobrino de Catalina, Carlos, un jovencito de apenas 16 años, hijo de Juana y de Felipe el Hermoso, quien ostente las coronas de Castilla y Aragón. Se había criado en Borgoña, al lado de su tía Margarita, y cuando llega a la tierra de su madre, desconoce hasta el idioma. El nuevo rey prepara un tratado con Francisco I, y cuando Carlos ocupa también el título de emperador a la muerte de su abuelo Maximiliano, son él mismo y el rey de Francia quienes llevan la batuta internacional. Esto preocupa a Enrique, como es lógico. Catalina va cambiando de aspecto, tras tantos partos y malpartos; y se vuelve una mujercita gruesa y sin el garbo de antaño; mientras que su esposo todavía mantiene toda su apostura. Pero ella sigue siendo una dama de enorme dignidad y prestancia, que incluso se atreve a discutir en la corte la conveniencia de las 95 tesis de Lutero. Erasmo llegó a sostener que ella era más culta que su esposo. Quizá esto se debiese a que la reina, llegada la treintena, había entrado en plena madurez; mientras el rey todavía dedicaba parte de su tiempo y muchas de sus energías al baile y a la caza. La piedad de Catalina y sus ansias de saber van aumentando con el tiempo, así como su clemencia y caridad. En una ocasión llega a pedir de rodillas al rey que cambie la pena a galeras de 400 prisioneros. En 1518 la reina se queda de nuevo embarazada, pero da a luz a una niña muerta; y como una cruel ironía del destino, en la misma época Bessie Blunt, amante del rey, pare un varón completamente sano, al que bautizan en medio de grandes fiestas con el nombre de su padre, y el tradicional apellido Fitzroy, que deja su filiación bien clara. El rey le ama profundamente, aunque eso no le impide querer a la pequeña María, que a sus tres años ha heredado el cabello y ojos de su padre, aunque se puede ver que será menuda como su madre.

El que su sobrino fuese elegido emperador de Alemania elevaba el poder de Catalina, y a Inglaterra le ayudaba a presentar una postura fuerte frente a Francia. Cuando todavía el rey tenía esperanzas de tener un heredero varón, había prometido a su hija María con el Delfín de Francia, y ahora esta decisión le pesaba como una losa. Y por otra parte, estaban temas menores de discusión con los franceses, como el asunto de las joyas que legalmente le pertenecían a la duquesa de Sufflok como reina viuda de Francia, o las injerencias de Francisco I en Escocia, en contra de Margarita, la otra hermana de Enrique. Por eso el rey desea reunirse con el monarca francés; mientras que por otra parte la reina hace gestiones frente a su sobrino para que les visite en Inglaterra, cuando salga de Alemania en dirección a España. Aunque Catalina no era proclive a un encuentro de su esposo con Francisco I, poco puede hacer por evitarlo. Pero para alegrar su ánimo, su sobrino llega a Dover en mayo de 1520, y se habla de la paz en Europa. Aunque María estaba oficialmente comprometida con el Delfín, parece ser que hubo conversaciones sobre un posible matrimonio de la niña con su primo Carlos; que a su vez había estado prometido en su infancia con la primera María Tudor, ahora duquesa de Suffolk. Mientras Enrique se encuentra contento de tener una baza frente al rey francés, en la persona de su sobrino, Catalina está extasiada de poder abrazar, por fin, a alguien de su propia sangre. Cuando se encuentran el rey francés y el inglés, entre ellos hay muchos recelos, porque se saben rivales. Se celebran grandes fiestas, y con este motivo Catalina se presenta ataviada con mantilla española y sus mejores joyas, aunque no se divierta mucho, porque desconfía profundamente de Francisco. En el "Campo de la Tela Dorada", se celebran torneos y espectáculos, y entre las damas de la reina Claudia se halla una hermosa muchacha, inglesa en realidad, de nombre Ana Bolena. Ninguna de las dos reinas baila; Catalina porque le disgusta hacerlo y ya ve mayor para ello, y la reina francesa porque se encuentra esperando un hijo. La reunión acaba el día de San Juan con promesas de amistad eterna.

En 1525 la reina se acercaba a la cuarentena y se sentía enferma, y sobre todo desesperada por no haber podido dar un heredero varón al reino. En el único caso en que una mujer había heredado el trono de Inglaterra, fue después de la muerte de Enrique I, con su hija Matilde, aunque esto conllevó una guerra civil con su primo Esteban, que le disputaba la corona. Pero al final acabó reinando el hijo de Matilde, Enrique II. Por eso el propio Enrique VIII empieza a pensar en deshacer el compromiso de María el con el Delfín, y casar a su hija con el emperador, para que así prácticamente toda Europa quedase en manos de su futuro nieto, un hijo de Carlos y María. Quizá por eso el rey no tiene empacho alguno en dar la orden para la ejecución del duque de Buckingham, su primo, y uno de los posibles herederos al trono, porque le acusan, principalmente Wolsey, de conspirar contra Enrique. Sus títulos y propiedades pasan a la corona. Se negocia el compromiso de María con el emperador, y Enrique apoya a éste en la guerra contra Francia, a causa de ciertas posesiones italianas. En 1522 Carlos visita Inglaterra por segunda vez; y a pesar de todo su poder y de ser emperador, se arrodilla ante la reina Catalina, pidiéndole su bendición. Ante la extrañeza de todos, explica que en España esa es la tradición entre tía y sobrino, por muy emperador que el sobrino sea. María tiene solo seis años, pero es presentada a su prometido, al que obsequia halcones y caballos. Catalina estaba contenta con la idea de este matrimonio, y no podía desear nada mejor para su hija; y por ello da orden de una severa educación para María, y ella misma le enseña Latín. La reina, en este aspecto de la educación de la princesa, se deja aconsejar por Juan Luís Vives, y entre los dos se intercambia una extensa correspondencia, hasta el punto de que en 1540 se publica en inglés un tratado que él había escrito sobre la educación, dedicado a la reina Catalina. Pero desde Escocia también se hacen planes para María, pues hay quien pretende unirla a JacoboV, rey de Escocia y primo paterno de la princesa. Los ingleses nunca estuvieron de acuerdo con esta unión, pues entre los dos países había mutua animadversión, aunque si era conveniente para Escocia, que no andaba entonces en muy buenas relaciones con Francia. La cosa llega tan lejos que en España se inquietan, y el rey, a través de Wolsey, tranquiliza al emperador, manifestando que su pacto sigue en pie, y que se trata de una simple estratagema para evitar que el rey de Escocia se case con una princesa de Francia. Enrique ve todavía con mejores ojos el compromiso español cuando el emperador vence a los franceses en Pavía e incluso hace prisionero a Francisco I. Al final, quien romperá el compromiso será el propio emperador, que necesita una esposa ya, para dar un heredero al trono, y María es demasiado joven. Vuelve sus ojos a Portugal, y elige a la princesa Isabel, de 23 años, y también prima suya, pues es hija de su tía María. Catalina y Enrique se sienten traicionados, y el rey paga a veces su malestar con su esposa. Un golpe que hundió a Catalina fue la concesión a Enrique Fitzroy de la Orden de la Jarretera, y a la vez su nombramiento como duque de Richmond, de Somerset y conde de Nottingham, con preeminencia sobre todos los demás nobles. Catalina se enfurece y se siente profundamente agraviada, y su mala salud no mejora las cosas. Quizá por todo ello, Enrique nombra a su hija Princesa de Gales, y la envía a la capital, al castillo de Ludlow. Catalina siente la separación, pero es consciente del deber de María como heredera. La salud de la reina mejora y también sus relaciones con su esposo. Pero en la primavera de 1526 ocurrió algo terrible para la reina

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:48 pm

ANA BOLENA


En la primavera de 1526, Enrique se vuelve loco, literalmente, por una muchacha de ojos negros a quien su familia llama Nan, pero cuyo verdadero nombre era Ana Bolena, o más exactamente, Ann Boleyn. En aquellos momentos debía de contar con 25 años, edad en la cual la mayoría de las mujeres ya estaban casadas. Su familia no era de la más rancia nobleza, aunque el rey había distinguido a su padre, Thomas Boleyn, en agradecimiento a las negociaciones que culminaron en el Campo de la Tela de Oro. Su propia hija fue dama en la corte de la reina Claudia de Francia, y allí fue educada, por lo que hablaba francés como si fuese su lengua materna. Allí conoció a muchos personajes de la realeza, y se sabe que se hizo amiga de Margarita de Angulema, hermana del rey Francisco I. Ana era más atractiva que hermosa, pues su piel era demasiado oscura para el gusto de la época, y quizá su boca demasiado grande, pero tenía unos hermosos ojos negros que sabía usar adecuadamente para atraer a los hombres. Era, aunque de mediana estatura, mucho más alta que la reina Catalina. Siempre se ha dicho que poseía un sexto dedo, muy pequeño, en la mano izquierda; aunque puede ser que se tratase de un bulo de sus enemigos, porque en aquella época, esto era considerado un signo de brujería. Lo que si es verdad, es que cantaba y bailaba bien, lo cual era del agrado del rey. Cuando Enrique VIII conoce a Ana, cuenta con 35 años, y todavía es bien parecido, pues no ha adquirido la corpulencia de los últimos años. Ana entra al servicio de la reina, como azafata; y el rey enloquece de pasión y no se inhibe de escribirle enardecidas cartas de amor, de las cuales se conservan diecisiete, aunque sin fechar. De ella podemos deducir que lo que el rey pretende, en un principio, es un simple contacto carnal, pero Ana es demasiado inteligente para dejarse seducir de esa manera, y sabe jugar bien sus cartas. Sabe que el rey, hombre al fin, una vez obtenga lo que desea, la dejará abandonada; y ella aspira a bastante más. Por eso le da largas y se niega a sus deseos. Había tenido el ejemplo en su propia casa, pues su hermana María había sido seducida antes por Enrique, y cuando éste se cansó, la abandonó sin remordimiento. La única arma con la que Ana contaba era enardecer el deseo del rey, pero no satisfacerlo. Es decir, causarle una sed terrible, pero no permitirle beber. Y si a eso se añade que Enrique estaba profundamente disgustado y decepcionado por no tener un heredero varón, será fácil imaginar cuales van a ser las consecuencias.


En 1527 Enrique desea poner fin a su matrimonio con Catalina, y la solución para ello es hacer que nunca ha existido, invalidándolo. Así Catalina volvería a ser la viuda de Arturo, y María sería considerada una hija ilegítima. Realmente no era algo inusual en esa época echar mano de estos subterfugios para librarse de un matrimonio indeseado, y la propia hermana mayor del rey, Margarita de Escocia, lo había hecho para librarse del conde de Angus. Pero en el caso de Enrique no era tan fácil, porque su esposa era la hija de los Reyes Católicos, y tía del emperador, que tenía gran ascendiente sobre el papa. Y el otro problema era la voluntad de hierro de Catalina, que se había casado ante Dios y para ella era un vínculo indisoluble. Lo cierto es que, sospechosamente, en esa época al rey le empiezan a asaltar repentinos escrúpulos por haber desposado a la viuda de su hermano, y eso contravenía la ley de Dios. Todo el quid de la cuestión era si el primer matrimonio de Catalina se había consumado o no, ya sabemos que Catalina siempre había sostenido que no. Se sabe que el rey deseaba un hijo varón y tenía la esperanza de que Ana se lo pudiese dar, pero ella quería un príncipe, no otro bastardo, aunque fuese coronado de gloria, como Enrique Fitzroy. Los detractores de Ana dirán que ha embrujado al rey, y esto no es cierto en sentido literal, aunque si es verdad que Enrique cayó en sus redes, y ella era una especialista en el toma y daca; nunca se ofrecía del todo, pero si había avances, para que el interés real se mantuviese activo. Enrique empezó a repetir a todo aquel que quisiese oírlo, que Dios le había castigado sin heredero a causa de desposar a la viuda de su hermano. ¿Cuál era la actitud de la reina? Catalina era una dama, y provenía de un linaje real, con lo cual su actitud era la de una esposa humillada y ultrajada, pero digna, que nunca habló mal del rey, y que apelaba a la justicia humana y divina en cuanto a su verdad. El cardenal Wolsey, legado papal en Inglaterra, inicia un examen oficial del casamiento regio, pero en secreto, sin que la reina lo sepa; y toda la cuestión se centra en la dispensa papal que fue necesaria antes de la boda entre Catalina y Enrique, donde el desdichado término "forsitan", del que ya hemos hablado en los primeros capítulos, será la principal causa de pesares para la reina. Está sembrada la duda sobre la consumación del primer matrimonio. A todo esto, Catalina no sabe nada, y tiene que enterarse de la manera más humillante, a través del embajador imperial, Iñigo López de Mendoza, que la pone sobre aviso. Inmediatamente la reina escribe a su sobrino Carlos, para que intente mediar ante el rey, y que se ponga en contacto con el papa. Enrique desea que el asunto sea tratado en Inglaterra, por Wolsey, pero Catalina exige que el papa en persona lleve el tema en Roma. A Catalina solo le queda la esperanza del apoyo del emperador.

Al final Enrique habla de sus escrúpulos con Catalina, pero no menciona a Ana Bolena, y aunque la reina conoce su relación, en realidad piensa que se trata de otra aventura más, y cree que su marido deseaba volver a casarse con una princesa de la Casa de Francia. Enrique le pide que se retire voluntariamente de la corte, pero Catalina no accede. Mientras tanto Wolsey se halla de viaje en Francia, Enrique envía a Roma a otro emisario, Knigth, para rogar al papa una dispensa para un segundo matrimonio, probablemente porque Ana ya la había obligado a que firmase un compromiso de enlace. Para celebrar el Año Nuevo de 1528, el rey regala a su amada un diamante, y la promesa de desposarla muy pronto, aunque Catalina se niega a acceder a las órdenes del rey. La reina tiene también el problema añadido del Sacco de Roma, en el que interviene su sobrino el emperador contra el papa, lo cual no beneficia su causa. Dos emisarios parten a Roma llevando la petición formal del rey de que sea disuelto su matrimonio con Catalina, para poder casarse con Ana Bolena, de la que hacen grandes alabanzas al Pontífice. Pero la propia Ana no era demasiado partidaria del papa, pues en la corte francesa había entrado en contacto con las ideas reformistas. En esto chocaba con Enrique, que se mostraba como ferviente católico; aunque se cuenta que Ana intenta atraerle hacia las ideas protestantes. En el verano de 1528 Ana sufre de fiebres, y el rey no la visita durante su enfermedad por miedo al contagio, ya que toda su vida será un hipocondríaco; pero Ana no lo toma a mal. Enrique usa como mediador al cardenal Campeggio ante su esposa, pero ella sigue jurando que se casó virgen con el rey, y se niega a tomar los hábitos para ingresar en un convento, como se le aconseja. A pesar de todo, sabe que su vida mejoraría obedeciendo al rey, pero su conciencia se lo impide. Se había enfrentado, siendo una jovencita extranjera y solitaria, a su suegro, y ahora, ya como mujer madura y reina, se encontraba más fuerte para defender sus derechos ante su esposo. Se niega a que a una hija de Su Muy Católica Majestad la reina Isabel, alguien la pueda acusar de haber sido muchos años la prostituta del rey de Inglaterra y de haber engendrado una hija bastarda. Le preocupa mucho la posición de su hija María, pero quizá también en el fondo de su obstinación latiese el amor que todavía sentía por su esposo. Y pese a todo, la vida en la corte continuaba, y Catalina, a los ojos de todos, era todavía la reina. Ana Bolena, sin embargo, ya contaba con sus propias habitaciones y sus azafatas. Incluso se dice que la reina seguía jugando a las cartas con todas sus damas, incluida Ana Bolena. Catalina cuenta con sus asesores legales, el más importante de ellos, el obispo de Rochester, y dos abogados canónicos de Flandes que le envía el embajador de España, además del humanista Juan Luís Vives. Y contaba con el apoyo del pueblo, que la adoraba, y odiaba a Ana.

Clemente VII desea reconciliarse con el emperador, primero porque quiere que éste le devuelva Florencia, y segundo, porque el apoyo de Carlos es imprescindible para que acreciente su propia autoridad. El tribunal encargado del caso del rey se reúne en mayo de 1529 en Blackfriars, para un procedimiento inquisitorial. Catalina declara que el príncipe Arturo no había mantenido con ella ningún contacto carnal en el tiempo que duró su matrimonio, y que por tanto, era virgen cuando se casó por segunda vez. Aprovecha para pedir que su caso sea juzgado en Roma, porque estima que este no es el tribunal competente. A los tres días vuelve a comparecer la reina y de rodillas le suplica a su esposo que tenga en cuenta todo lo que han compartido juntos y se apiade de la hija que tienen en común. El rey manifiesta ante el tribunal sus escrúpulos de conciencia y afirma que todos los obispos los comparten; ante lo cual el de Rochester alza la voz para declarar que él apoya la causa de la reina. Wolsey en persona acude a hablar con Catalina para convencerla de que cese en su empeño, pero ella se niega a escucharle, y afirma rotundamente que no volverá a comparecer ante un tribunal inglés, pues el papa en persona debe conocer de su caso. En ausencia de la reina, hay cortesanos que declaran que han oído, después de la noche de bodas, que el príncipe Arturo dice "es buen pasatiempo tener una esposa". Concluye el trabajo del tribunal y se convoca a la reina, que se niega a comparecer. La propia Margarita de Austria la apoya; no en vano ambas son tías del emperador. Por tanto, a Clemente VII no le queda otro remedio que aceptar en Roma la causa de Catalina, lo cual es un duro golpe para el rey. Poco a poco Wolsey va perdiendo el favor regio, sobre todo a causa de los manejos de Ana Bolena, y muere en 1530 cuando se encamina al juicio en Londres, donde se le acusa de alta traición. El rey se consume entre una esposa que no le quiere conceder la libertad, y una amante que no lo es, y que le aguijonea sin cesar para que resuelva sus problemas. Ana no oculta sus emociones y en una ocasión grita en medio del salón, ante todas sus damas, que desearía ver a todos los españoles en el fondo del mar, y que antes vería a Catalina colgada que confesar que es su reina y señora. Casi todas las damas adoran a Catalina y odian la dureza de Ana.

Enrique le contaba a sus íntimos que Ana usaba con él un lenguaje que la reina nunca se hubiera atrevido a emplear; pero a pesar de todo, el rey seguía enamorado. Se atreve incluso a amenazar a algún cortesano, diciendo que todo será distinto cuando ella sea reina. En general, nadie se sentía contento de que el rey quisiera desposarla. El pueblo llega a llamarla, incluso "puta malvada" y "mala perra". Nadie creía que no se hubiese acostado todavía con el rey, y se comentaba que en realidad ya habría parido algún bastardo; pero todo eran infundios. La animadversión del pueblo solo hacía que el amor de Enrique fuese más fuerte.La reina Catalina seguía hilando las camisas de su esposo, y esto enloquecía a la Bolena. Enrique, por su parte, estaba muy enfadado por la tardanza del papa en decidir algo concreto sobre el asunto de su próximo matrimonio, y empieza a pensar en dar él mismo una solución, escapando así a la soberanía de Roma. Thomas Cronwell, su secretario, discute con el monarca una posible supremacía real sobre la autoridad del papa, porque además conllevaría ventajas económicas para la corona. Hay algún obispo que no está de acuerdo en alejarse de la obediencia papal, y el Parlamento duda. Catalina toma muy mal la noticia, mientras Ana enloquece de contento. La última vez que Enrique ve a la reina es en mayo de 1531, y se niega a despedirse de ella, después de 22 años de matrimonio. Enrique anuncia que nunca aceptará que el papa sea el juez de su divorcio, y hace oídos sordos a las amenazas de excomunión. Incluso una delegación se reúne con la reina para convencerla de que suspenda las acciones de Roma, pero esta contesta que solo reconoce la autoridad del papa. Se ordena a Catalina que se traslade a una mansión que había pertenecido a Wolsey, y se le permite llevar consigo, entre otras damas, a su amiga María de Salinas. Se le pide también que acepte el divorcio del rey, pero ella reúne a todo el personal de su casa, y en voz alta, ante ellos, dice con toda claridad que se niega. La reforma empieza a gestarse, y Thomas Cronwell, que tenía las mismas ideas luteranas que Ana Bolena, es uno de sus principales valedores. Enrique nombra a Cranmer arzobispo de Canterbury, sobre todo porque tiene muy buena relación con la familia Bolena.

El rey planea una vista a Francisco I de Francia, para contrarrestar la enemistad con el emperador y buscar apoyos contra el papa. Le encarga al embajador francés que haga gestiones para que Enrique pueda hacerse acompañar por Ana Bolena, Madame Ana, como le llama el propio embajador. Esta cuestión es muy delicada, porque el rey de Francia, después de la muerte de la reina Claudia, se había casado con Eleonora de Austria, hermana del emperador, y por tanto, sobrina de Catalina. Madame Ana acompaña al rey, pero la reina de Francia no la recibirá, aunque a ella no le importa, porque al llegar a Calais la reciben con todos los honores, y ha conseguido llevar las joyas reales, que el rey ha solicitado primero de Catalina, y ante su negativa a entregarlas, no le ha quedado más remedio que tomarlas mediante una orden. Francisco I le asegura a Enrique que no es verdad que piense en casar a su hijo con la sobrina del papa, a pesar de que la boda ya está fijada para el año siguiente; y así mismo el rey francés le promete a Clemente VII que intentará convencer a Enrique de que no despose a la Bolena. Al llegar de vuelta a Inglaterra, Ana ya no puede desatender por más tiempo las necesidades de Enrique, porque corre riesgo de perderlo todo; así que en algún momento del año 1532 se tiene constancia de que comenzaron sus encuentros sexuales, aunque los dos desean evitar, por el momento, un embarazo. Pero a pesar de todos estos intentos, a finales de año Ana se da cuenta de que está embarazada, y de momento se mantiene en secreto, aunque se prepara la boda. De hecho, en febrero de 1533 el Parlamento aprueba que el asunto del divorcio real se solucione en Inglaterra. Si el matrimonio con Catalina se considera inválido, el rey es soltero, y puede casarse con Ana cuando lo desee. La boda se apresura, porque hay ya un embarazo de cuatro meses; y en abril se le comunica a Catalina el nuevo matrimonio del rey; así como su titulo de ahora en adelante, que será el de princesa viuda del difunto Arturo. Catalina se da cuenta de que se encuentra sola y que su sobrino hace tiempo que dejó de pensar en ayudarla o tomar venganza en su nombre. De todos modos, ella nunca hubiera consentido en esto último, pues no deseaba los derramamientos de sangre por su culpa. Mientras, se prepara la coronación de Ana Bolena, aunque no era necesario que una reina fuese coronada, con ungirla era suficiente; pero la Bolena siempre pide más. Cramner hace público que el primer matrimonio de Enrique VIII fue inválido, y la coronación de la nueva reina tiene lugar el 1 de junio de 1533, cuando ella ya está embarazada de seis meses. Al mes siguiente, Clemente VII declara nulo el pronunciamiento de Cranmer sobre la primera boda del rey, y a éste le insta a que repudie a Ana. Ante la negativa, le excomulga. Catalina sigue luchando en solitario por sus derechos, hasta tal punto que Cronwell manifiesta en una ocasión: “si no fuese mujer, sería el mayor héroe de la Historia”. Pronto Enrique se da cuenta de que la convivencia con su nueva esposa no es sencilla, y que ésta no va a tolerar sus devaneos con las damas como había hecho Catalina. El 7 de septiembre de 1533 nace una princesa, a la que se da el nombre de Isabel, como su abuela paterna, Isabel de York. Enrique no muestra demasiada alegría, porque tampoco esta vez ha sido un varón.


Ana tiene la desfachatez de exigir para el bautizo de su hija una tela que la reina Catalina había traído de España;y ésta simplemente musita en respuesta a tal petición: " no lo permita Dios". El rey esta vez no interviene. El padrino de la niña es el mismísimo Arzobispo Cranmer, y la madrina, la madrasta de Ana, Agnes Howard. El heraldo real presenta a Isabel como la primera hija legítima del rey, denostando así a María. De hecho, la Casa de la Princesa había sido disuelta y ella misma había pasado a formar parte de la Casa de su hermanastra Isabel. En esa época María cuenta ya 17 años, y es plenamente consciente del desprecio y la injusticia que le infringe su padre. Pero su prestigio en el extranjero es grande, porque se la tiene por hija y descendiente de grandes reyes, y además es prima hermana del emperador. Enrique había amado tiernamente a su hija,a quien llamaba "mi perla"; y María había adorado e idealizado a su padre; pero en este momento el rey ni siquiera le permitía ver a su madre. Y cuando María enferma en el verano de 1533, no permite que Catalina visite a su hija, a pesar de los ruegos de ambas. Es la propia Ana la instigadora de este trato que el rey otorga a su hija mayor, porque teme que suplante a la pequeña Isabel en el amor del padre. Enrique sigue necesitando un heredero varón; no se conforma con otra niña. En el Año Nuevo de 1535 Ana le comunica que de nuevo espera un hijo, y se empieza a trabajar en la sala de los niños para preparar la llegada del ansiado príncipe, porque nadie duda de que será un niño. La reina Ana no se ocupa personalmente de su hija, como era lo normal en esa época para las damas de su posición, aunque ello no quiere decir que no la ame profundamente. En ese mismo momento el Papa declara que el matrimonio entre Catalina y Enrique siempre había sido válido, aunque la buena noticia ya llega tarde para la pobre Catalina, cuya situación ya no va a mejorar; y de hecho, se encuentra ya bastante enferma. La Ley de la Supremacía hace a Enrique Jefe de la Iglesia de Inglaterra, y la Ley de Sucesión declara válido a todos los efectos el matrimonio de Ana Bolena y Enrique, aunque no se dice de manera tajante que María sea ilegítima, aunque si se le retira el título de princesa, y en adelante será llamada Lady María; y además debe presentar sus respetos siempre a Isabel, como persona de mayor importancia que ella. La salud de María se resiente con el disgusto, puesto que se siente muy humillada. Cuando se envía una legación para que Catalina jure las nuevas leyes, ésta no se molesta en contestar, y algunos de sus servidores españoles juran ante el temor de que los devuelvan a España, y así su señora se quede todavía más sola. El segundo embarazo de Ana no hace que su carácter mejore, y quizá por eso el rey empieza a buscar consuelo en otros brazos; y lo que es más grave, se fija en otras damas, principalmente en Jane Seymour, una joven azafata de la reina.

La reina da a luz antes de tiempo a un niño muerto, y esto enfurece al rey, que de nuevo ve frustrados sus deseos. Catalina se hallaba en este momento en el castillo de Kimbolton y todavía recibía algunas escondidas adhesiones a su causa. Pero su salud es cada vez peor; y ya no puede ser el símbolo ante el cual se reúnan los descontentos, siendo ahora su hija María la que represente este papel. Los médicos españoles de la reina cuidaban de su salud, pero también de que estuviese al corriente de lo que pasaba en el exterior. Catalina vivía de manera muy sencilla; sus joyas habían pasado a la nueva reina; carecía de comodidades y se la privaba incluso de la compañía de su hija. Incuso se prohibió a muchos de sus fieles servidores que la visitasen. En la Navidad de 1535 el estado de salud de la reina es muy grave; mientras Ana está contenta, pues de nuevo se halla embarazada. Catalina ya no puede escribir por sí misma, pero dicta una carta a una de sus damas en la que se despide de su esposo; diciéndole que ahora que se sabe a punto de morir, no quiere partir sin hacerle saber que le perdona de todo corazón el mal que le ha hecho, además de encomendarle el cuidado de su hija María. Según la ley inglesa, una mujer casada no podía hacer testamento, así que se limita a dejar unas súplicas al rey para disponer de las pocas pertenencias que le quedan. El 7 de enero de 1536, con poco más de cincuenta años, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y Reina de Inglaterra, muere en brazos de su fiel amiga María de Salinas. Cuatro de sus damas son las únicas que velan el cádaver. Pronto corre el rumor de que el rey ha ordenado envenenarla, pero es mentira, la reina murió de cáncer. El rey no recibe la noticia de su muerte con especial pesar, y de hecho se viste de amarillo, el color del regocijo, con una pluma blanca adornando su sombrero. Enrique no cumple ninguna de las disposiciones que su esposa le había hecho llegar en su última carta. Catalina es enterrada en la catedral de Peterborouhg, y la gente se apiña en el camino para dar el último adios a su buena reina Catalina. Pero no tiene honores de reina, sino los que corresponden a una princesa viuda. A los ojos de la iglesia ahora Enrique es viudo y puede casarse con quien desee. Aunque su interés por Jane Seymour no ha menguado, no olvida que su esposa está esperando un hijo, que puede ser el ansiado heredero. Pero a finales de enero la reina tiene un aborto, y el rey se enfurece de tal manera que no desea verla delante. Empieza a decir a todo el que quiere oírlo que Ana le ha embrujado, que le ha llevado al matrimonio mediante encantamientos y sortilegios. La corte ve como la reina pierde el favor de su esposo, y dado que el carácter arisco de Ana nunca le había hecho ganar amigos, siente como todo el mundo le da la espalda.

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:48 pm

JANE SEYMOUR




En la primavera de 1536, Ana ya no se siente segura en la corte, porque con su inteligencia e intuición, sospecha que el rey puede estar intentando sustituirla. Después de todo, ya lo ha hecho una vez, con una esposa que le estorbaba, y además, que provenía de una influyente familia de reyes; y Ana sabe que el rey se interesa por Jane Seymour. Por otra parte, Enrique está deseando una reconciliación con el emperador, y para ello nada mejor que un escarmiento a aquella que Carlos no consideraba otra cosa que una concubina. Cronwell empieza a hacer gestiones ante la corte española, y saca en conclusión que Carlos vería con muy buenos ojos un nuevo matrimonio del rey con otra dama más adecuada. Podemos considerar que Jane Seymour lo era, pues venía de una familia muy respetable de origen normando, y su padre había gozado de la amistad del difunto Enrique VII. Además, en la familia de Jane abundaban los varones, algo de buen augurio para el monarca. Y ella misma era una muchacha dulce y modesta, bella pero no llamativa; de carácter más parecido al de Catalina que al de Ana. Enrique intenta hacerle valioso regalos, que ella se niega a aceptar. El miedo y la impotencia hacen que Ana dulcifique algo sus modos, incluso con aquellos a los que sabe sus enemigos. Al rey le llegan, por diversos conductos, mensajes sobre supuestos actos lascivos e inmorales de la reina. Se arresta a Lord Rochford, hermano de Ana, y poco después ella misma es conducida a la Torre. Ya hacía unos días que habían sido arrestados cuatro hombres más. Se le acusa de adulterio, pero lo que es peor todavía, de incesto con su propio hermano; y este delito puede conllevar la muerte en la hoguera. En esa misma Torre de Londres hace apenas tres años que recibió la corona de reina. La reina suplica clemencia en el trato, pero sobre todo justicia, pues se declara inocente de aquello que está acusada; pero el rey está lejos para oír sus ruegos. El juicio es una pura pantomima en donde lo único que se busca es la muerte de la mujer que estorba los planes regios. Es necesaria la muerte de Ana y de todos los otros pobres inocentes, entre ellos su hermano, para que el rey cumpla sus deseos. La pobre reina se halla en un deplorable estado de ánimo, tan pronto presa del llanto como de episodios de risa histérica. AL músico Mark Smeaton se le acusa de estar enamorado de la reina, y de recibir de ella ricos ropajes y dinero; y así, de manera parecida, a todos los demás. Quizá el más sangrante de los infundios sea el del hermano de Ana, pues la propia Lady Rochford, su esposa, quizá imbuida de odio hacia su cuñada, declara que la reina le ha contado que el rey no posee la suficiente virilidad para engendrar un varón, y por eso le ha pedido a su hermano que yazca con ella para tener un hijo y hacerlo pasar por el del rey. La sentencia es común a los dos; deben de arder en la hoguera, aunque el rey puede ser misericordioso y cambiar la manera de ejecución. El 17 de mayo, los cinco hombres acusados de comercio carnal con la reina, son ejecutados en Tower Hill. A la reina solo le queda esperar su hora con la mayor dignidad posible. Antes de morir la reina, Cranmer declara inválido el matrimonio, quedando Isabel en la misma categoría que su hermanastra María. Cuando debe ser conducida al cadalso, Ana deja de lado todo histerismo y se comporta con el empaque y la dignidad de una soberana. Se despoja de su manto de armiño y de la cofia blanca que protege sus cabellos y antes de ofrecer su cuello a la espada del verdugo, pronuncia unas breves palabras para reafirmar su inocencia y rogar a Dios por el rey. A los 35 años de edad, Ana Bolena pierde la vida para que su esposo sea feliz, o al menos lo intente. Se dice que el mismo día de la ejecución, las velas de la tumba de Catalina se encendieron por sí mismas. El pueblo llano, ya se sabe, es dado a todo tipo de leyendas y fantasías. Aunque quien sabe.........


Al día siguiente de la ejecución de Ana Bolena, el 20 de mayo de 1536, se celebra en Hampton Court, el compromiso entre el rey y Jane Seymour, y se pide una dispensa al arzobispo Cranmer porque los futuros contrayentes son primos, aunque en grado ya lejano. El 30 de mayo tiene lugar el enlace, de manera modesta y discreta; y es en la fiesta de Pentecostés cuando la nueva reina es presentada a sus súbditos. El día de Corpus Christi, 15 de junio, los reyes cabalgan juntos hasta la Abadía de Westsminster. Esta es la época en que Holbein pinta uno de los famosos cuadros del rey. Jane se comporta muy bien con su hijastra María, a la que solo aventaja en siete años; y aunque no le hace de madre, si resulta ser para ella una cariñosa y protectora especie de hermana mayor. Se cree que es gracias a los ruegos de su nueva esposa, el nuevo tratamiento que Enrique da a su hija, aunque la avisa de que el menor intento de convertirse en la heredera, conllevará su encierro en la Torre. El está seguro de tener un varón con su nueva esposa. Los reyes visitan a MAría, y se sabe que el rey la obsequia con dinero, y Jane con un hermoso anillo de diamantes. Y las cuentas reales testimonian que Jane hace a su hijastra mayor muchos y valioso regalos. María era de pequeña estatura, como lo había sido su madre, y tenía la misma voz ronca, pero su figura, a diferencia de la de Catalina, era sumamente delgada y delicada. No era fea, aunque tampoco puede decirse que gozase de una gran belleza. El carácter de Jane se hace patente en el lema que elige: "obligada a obedecer y servir". Su familia se eleva con ella, y su padre es nombrado vizconde de Beuchamps. La coronación de la reina se pospone por un brote de peste. Enrique cuenta a todos que goza con Jane de una paz que nunca ha tenido, y para ella encarga hermosas joyas con las iniciales I ( por Ionna) y H enlazadas. A la reina le gusta la jardinería y no permite que sus damas vistan modelos provocativos a la manera francesa. A decir de todos, también trata con mucho cariño a la pequeña Isabel, su otra hijastra. Y María de 20 años, en edad casadera, no lo hace de momento, a la espera de como se desarrolle el tema del heredero varón. Pero a tanta dicha personal, el rey enfrenta las muchas revoluciones en el norte, sobre todo a causa de problemas religiosos


La mayor parte de los problemas provenían de la incautación de algunos monasterios y órdenes religiosas, que una parte de la población no aceptaba. Jane se arrodilla delante del rey para rogarle que no siga adelante; pero su esposo la levanta, y después de mirarla con dureza hace una velada alusión al destino de la reina Ana. La nueva reina entiende perfectamente que lo mejor que puede hacer es callarse en aras de su seguridad. La reina vivía amando, pero también temiendo al rey, como la mayoría de los que le rodeaban, porque eran conocedores de adonde conducía la ira real. Al año siguiente, en 1537, llega de España don Diego Hurtado de Mendoza, como emisario especial del emperador para hablar de un posible candidato a la mano de María. Este no es otro que don Luís, heredero del trono de Portugal y hermano de doña Isabel, la reina de España, por lo cual resulta ser también primo hermano de Lady María. La reina hace saber que hará todo lo que esté en su mano para que su hijastra tenga lo mejor; pero a principios de ese mismo año se da cuenta de que está embarazada y todos sus desvelos serán para que este suceso se desarrolle con normalidad y llegue a buen término. La dicha de Enrique sería completa si no fuese porque en el norte siguen los levantamientos, hasta tal punto que el rey ordena al duque de Norfolk, su representante en las tierras levantiscas, que sean ejecutados todos los habitantes de cada pueblo, aldea o villa que se haya rebelado. A unos se les dejará colgando de los árboles, y otros serán despedazados, y los pedazos expuestos para general escarmiento de todo el mundo. El hermano de la reina, Edward Seymour, es ascendido primero a la dignidad de par del reino, y luego será nombrado consejero real. Para dar gracias por el regio embarazo el rey ordena que se detengan las ejecuciones en el norte. El 12 de octubre, después de dos días de parto, nace un varón, al que se da el nombre de Eduardo, como su bisabuelo. Por fin, a los 46 años de edad, el rey ha conseguido su propósito. En todo el país se entonan Te Deum, y nadie está más alegre que la propia reina, que ha conseguido dar un heredero al trono. El 18 de octubre se bautiza al recién nacido con toda pompa y boato, siendo amadrinado por su propia hermanastra, María. Se le nombre príncipe de Gales, duque de Cornualles y conde Carnavon. Pocos días después la reina cae enferma a causa de una fiebre puerperal, que era algo normal, pero muy peligroso en esa época de poca asepsia en los partos. El 24 de octubre la reina agoniza, y de hecho, muere esa misma noche, a los 28 años. Antes de hacer los funerales de la finada, ya se está pensando en la nueva boda del rey, porque el heredero no parece una criatura demasiado fuerte, y es necesario tener otro varón de recambio. María sufre mucho con la muerte de su madrasta, pues desde la muerte de su madre nunca se había sentido tan querida y acompañada.

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:49 pm

ANA DE CLEVES


El reino no podía estar sin una reina, y en el año 1538 empieza la selección de princesas en todas las cortes europeas, pues se intenta matar dos pájaros de un tiro y lograr así una buena alianza; ya que en el terreno internacional Francia y España se encuentran en mejores relaciones e Inglaterra teme quedarse aislada. En esta ocasión Cronwell aconseja al rey que debe primar la razón de estado por encima del corazón, y con la aquiescencia de Enrique se convierte en el buscador de la nueva reina. Esta es una tarea harto complicada, porque en las cortes europeas, Enrique no se ve como el mejor de los partidos, ya que de las tres esposas que ha tenido; de la primera se ha divorciado, la segunda la sido ejecutada por orden suya, y la tercera ha muerto de parto. Francisco I no está dispuesto a entregar a una de sus hijas, e incluso se prima María de Guisa, a la sazón ya viuda, prefiere casarse en segundas nupcias con el rey de Escocia. Por ello, Cronwell, hombre practico donde los haya, emplea la técnica de solicitar retratos de las princesas casaderas que el interesan. Uno de los primeros retratos que e reciben es el de la duquesa Cristina de Milán, de 16 años, hermosa y sobrina del emperador. Su retrato encanta al rey, y hay noticias de que se llega a planear un doble casamiento: del rey con Cristina y de María Tudor con el cuñado del emperador, Luís de Portugal. Pero al parecer, Carlos V siente una gran renuencia a entregar a su joven sobrina a este hombre ya mayor que ha sido causa de tantas desdichas para su propia tía Catalina. Por lo cual todo el asunto queda en agua de borrajas. Lo más probable es que Carlos intentase tan solo ralentizar o evitar cualquier negociación con el rey de Francia. Y el papa tampoco ayuda mucho, ya que está enojado con Enrique por los malos tratos a los católicos y por el saqueo de sus templos. Incluso lleva preso a la Torre al cardenal Pole, segundo hijo de la condesa Margarita de Salisbury, a quien también apresa, sin ningún crimen más que el de ser la madre de un cardenal. Y la condesa había sido una segunda madre para Enrique; pero ni eso le frena. El rey temía que se apropiasen del trono desde dentro, pero también una invasión del exterior, y por eso sigue los consejos de Cronwell para interesarse por una de las hijas de Juan, gran duque de Cleves, cuyo ducado es un conglomerado de territorios no demasiado importante, pero si de mucho valor para el imperio. La elegida es Ana, de 24 años, de buen carácter y disposición, y que ha sido educada por su madre de una manera estricta. En 1539 muere el gran duque Juan, y las negociaciones seguirán con su hijo y heredero, el joven Guillermo. Ana ya había sido objeto de un primer contrato prenupccial con Francisco de Lorena, cuando ambos eran adolescentes, pero se pasa por alto. Lady Ana llega a Calais, donde es recibida con todos los honores por emisarios del rey, aunque viaja sola, debido al reciente luto de su familia.

Cuando el rey conoce a Ana, le gusta tan poco que la bautiza con el cruel nombre de "La yegua de Flandes", y culpa a todos, pero principalmente a Cronwell, de que le ha convencido del matrimonio mediante engaños. Pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, porque habría demasiadas personas que se sentirían ofendidas. La boda tiene lugar, con el rey disgustado y toda la corte temiendo por su cabeza. Enrique VIII, sobre todo en los últimos tiempos, había adquiridos dos feas costumbres: culpar a todos de sus desgracias, excepto a sí mismo, y hacer siempre su santa voluntad, cayese quien cayese. Al día siguiente de su noche de bodas, el rey está todavía más disgustado y confiesa a Cronwell y a algunos de sus cortesanos que la nueva reina no tiene "sus cosas en la disposición que debería y sus carnes, sobre todo sus pechos, son demasiado flojos para una doncella". Ergo, seguro que no es doncella y le han engañado. Y recuerda entonces que la dama ha suscrito un precontrato con Francisco de Lorena cuando los dos eran niños. Se siente engañado y defraudado, y hace saber que nunca podrá consumar el acto porque el cuerpo de su mujer le repele. Pasan los días y las cosas continúan de la misma manera. Una de las damas alemanas de la reina le pregunta si ha sido consumado el matrimonio, y la pobre reina, a la que por lo visto su madre no instruyó adecuadamente, le contesta que el rey es de lo más gentil con ella, puesto que cuando cada noche se acuestan juntos, la toma de la mano, se la besa, y le dice: Buenas noches, mi señora, que durmais bien. Y cuando por la mañana se despierta, le da otro beso en la mano y se despide gentilmente hasta la noche. Es decir, el matrimonio no se ha consumado en absoluto. Pero entretanto Enrique no pierde el tiempo, y se ha fijado en una dama de la reina, de 19 años, llamada Catalina Howard, a pesar de que él cuenta ya cincuenta. María está contenta con su nueva madrasta, y ésta muestra también gran cariño hacia la pequeña Isabel, de nueve años. En realidad, nada le falta en la corte, y cada día se defiende mejor en inglés. Pero el rey planea la manera de deshacerse de ella sin mayores alharacas, y cuando al rey se le mete algo entre ceja y ceja, acaba consiguiéndolo, no importa cuantas cabezas rueden por el camino


Enrique no está contento, y cuando el rey se disgusta, las cabezas de sus súbditos penden de un hilo. Bien lo sabe la pobre condesa de Salisbury, de setenta años ya, y que lleva varios encerrada en la Torre sin más pecado que ser la madre de un cardenal que no acepta la reforma religiosa. El rey la manda ejecutar, pero para ella no llega el magistral verdugo de Calais, como en el caso de Ana Bolena, y la espada le hace varios cortes en el cuello y los hombros antes de que encuentre la muerte. Después de muchas gestiones, se llega a la conclusión de que para tener paz y tranquilidad es menester que el rey se divorcie, y para que ello tenga lugar sin problemas, el divorcio deberá ser consentido por la reina, para que parezca ante los ojos del mundo que no se la ha abandonado ni ofendido. Cronwell es el encargado de hablar con la reina Ana, y dado que ella es una dama de buen contento y a pesar de lo que piensa la gente, no del todo tonta, sabe muy bien lo que le conviene. Mejor divorciada en buenas condiciones que sin cabeza. La reina se aviene a firmar un divorcio de mutuo acuerdo y a cambio obtiene varias propiedades, criados, una renta anual vitalicia muy generosa y la precedencia en la corte sobre todas las damas de Inglaterra, excepto la reina y las hijas del rey, las presentes o las futuras. En adelante lady Ana, tal y como se la conocerá en el futuro, y el propio rey, pasarán a tratarse como hermanos bien avenidos. A decir de muchos, fue, de todas las esposas, la que mayor ventaja sacó del matrimonio. Su vida futura estará presidida por la comodidad, la holganza y cierta afición al vino que le alegra la vida. El rey está ya preparando la próxima boda con Catalina Howard, cinco años más joven que su propia hija mayor, pero desde luego no tan inocente, pues ha estado ya prometida a dos hombres, y hay pruebas de que al menos con uno de ellos ha llegado a consumar su amor. Pero el rey es ciego cuando lo quiere ser y para él Catalina es una doncella sin mácula, así que también deberá serlo para el resto de Inglaterra. Quien no se da cuenta de que su caída está cerca es el propio Cronwell, hasta que es conducido a la Torre.

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:50 pm

CATALINA HOWARD.


Enrique está encantado con su nueva esposa, y recupera la idea de tener otro hijo varón, el futuro duque de York. Catalina es joven y despreocupada, y acoge con alegría los múltiples regalos de su esposo, cuando más contando que aunque sea de noble familia, prima de Ana Bolena, realmente su vida ha sido siempre austera y más bien llena de privaciones. Pero en otro orden de cosas, a Catalina le faltan las atenciones de un esposo en el más sentido estricto de la palabra, pues el rey, que cuenta con más de cincuenta años, presenta ya el aspecto que muestra en los retratos, y a su enorme talla se suma ahora una corpulencia propia de quien no escatima en bebida y comida y habiendo sido un atleta en su juventud, ahora ve como los músculos se han convertido en grasa. Padece de gota, y a esto se unen abscesos purulentos en las piernas, que le causan mucho dolor y a menudo inmovilidad. Mientras se encuentra enfermo, se niega a que su joven esposa le vea, algo normal en las personas que se unen a alguien mucho más joven y que temen repugnarle. Esto le deja a la reina mucho tiempo libre y poca vigilancia, y no tiene reparo alguno en recuperar la relación con Thomas Culpepper, a quien había estado prometida antaño. Durante un tiempo el rey no se entera de nada, o quizá cierra los ojos a la evidencia, pero lo cierto es que en un viaje que hacen por el norte del país, alguien le hace llegar una nota con veladas acusaciones a las infidelidades de la reina, y cuando ésta es interrogada, no se atreve a negarlo. También su amante confiesa bajo tortura, y es condenado. La reina recorrerá el mismo camino hacia la Torre que antaño había hecho su prima. Durante la mayor parte del tiempo que está encerrada, todavía tiene esperanzas de que el rey la perdone. Pero Enrique es duro de corazón cuando se sabe traicionado, y más en este caso cuando tiene todas las pruebas de que son ciertas todas las acusaciones. De nuevo rueda la cabeza de una reina de Inglaterra y en el extranjero crece la mala fama del rey.

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:50 pm

CATALINA PARR



El rey se encuentra nuevamente sin esposa, y por primera vez no tiene una de repuesto para cuando se deshace de la anterior. No puede tampoco buscar en el extranjero porque ningún rey aceptaría enviar a su hija o a una pariente femenina a semejante destino incierto. Lady Ana, antes Ana de Cleves, piensa que ahora puede el rey reponerla en su antiguo status, pero bien pronto se da cuenta de que sus esperanzas son vanas. La situación internacional es complicada, tanto en Francia como en Escocia, donde el rey Jacobo V muere cuando su esposa, María de Guisa, se encuentra a punto de dar a luz. Nace una niña, la reina María de Escocia, de tan triste destino; y Enrique piensa que puede haber un posible matrimonio entre su hijo Eduardo y la pequeña reina escocesa. Mientras, en Inglaterra, es lady María quien ejerce las funciones de anfitriona y preside las ceremonias en ausencia de una reina. Su situación y la de Isabel sigue siendo la de hijas ilegítimas, aunque ahora se las reconoce en la ley sucesoria. Como candidata a esposa se baraja el nombre de Catalina Parr, que a pesar de su juventud ya ha enviudado dos veces. Su madre, Maud, había sido dama de la reina Catalina de Aragón, a la que quiso tanto, que bautizó con su nombre a la hija. A los 21 años Catalina se queda al cargo de una enorme casa y varios hijastros, y de ambas encomiendas sale con éxito, porque aunque es una mujer de carácter dulce, también es enérgica y sabe hacerse obedecer. Contrae matrimonio con el rey en presencia de sus tres hijos. Le gustaba mucho la música y la cultura en general, y de hecho se le atribuye la traducción al inglés de una obra de Savonarola y otra de Erasmus. Pero sus aficiones preferidas son la jardinería y los animales, sobre todo los galgos. Lady Ana de Cleves queda tan decepcionada con esta boda que piensa en volver a su patria, aunque cambia de idea a la muerte de su madre, porque sabe que si vuelve será para obedecer las órdenes de su hermano; y al menos en Inglaterra tiene una buena y cómoda posición. La nueva madrasta reúne en su entorno a los tres hijos del rey, a los que trata con mucho cariño. Se cuida de la salud de María, que últimamente no había sido muy buena; y de la educación de Eduardo e Isabel. Durante una ausencia del rey en 1544 ejerce de regente, algo que solo había hecho Catalina de Aragón. El rey seguía teniendo muchos problemas de salud, y Catalina traslada sus aposentos a una habitación contigua a la de Enrique para poder atenderle, porque en este preciso momento necesita más de una enfermera que de una compañera de cama. Protege Catalina, al igual que lo había hecho Ana Bolena, a los reformistas; y a medida que el rey envejece se involucra en las maniobras diplomáticas. El príncipe Eduardo, en su correspondencia, se dirige a su madrasta con el título de “mi queridísima madre” y se sabe que ambos estudian juntos Latín. El mismo cariño le profesa a Isabel, que le presenta todas sus cartas y escritos para que le corrija los fallos. Hay gente que conspira en contra de la reina, pero su posición es fuerte porque Enrique depende demasiado de ella en cuanto a su salud, cuidado de sus hijos y administración de su casa. En 1546 la salúd del rey empeora de tal manera que se teme por su vida, y muere la mañana del 28 de enero de 1547, a la edad de 55 años, aunque la reina no se encuentra presente debido a maniobras de la familia Seymour, parientes del heredero



En las cartas que el ya rey Eduardo VI escribe a Catalina, sigue dirigiéndose a ella como "mi muy querida madre" y se despide con las palabras "Vale, veneranda regina". Ahora es reina viuda, pero sus funciones no cambian demasiado, debido a que Eduardo es todavía un niño; aunque deja de tener importancia en el gobierno, pues este papel lo asume Eduardo Seymour, duque de Somerset, y tío del rey. Su antiguo enamorado, tío también de Eduardo VI, Thomas Seymour, sigue cortejando a la reina, puesto que a los 40 años continúa soltero. De alguna correspondencia de la reina se entiende que contrajeron matrimonio en algún momento, aunque no se sabe la fecha, porque intentaron ocultarlo al rey, pero sobre todo al duque de Somerset. Quienes si lo supieron en todo momento eran María e Isabel, y puede que la primera protegiese incluso el secreto de su madrasta. En estos momentos hay problemas con la duquesa de Somerset, que pretende tener precedencia sobre la reina pero también sobre las hermanas del rey; y Eduardo Seymour pelea con Catalina a causa del uso de ciertas joyas por parte de la reina viuda. Cuando Catalina cuenta 35 años se queda embarazada, y se recluye en Chelsea con lady Isabel para llevar discretamente su embarazo. Parece ser que al poco tiempo devuelve a la hijastra a la corte, porque se aficiona demasiado a Thomas Seymour, y lo que es más peligroso, éste a ella, aunque las dos siguen manteniendo una buena relación hasta el final. Cuando llega el momento del parto, se retira a Gloucestershire para dar allí a luz, y nace una niña, a la que se da el nombre de Mary. La madre sufre de fiebre puerperal y muere a los seis días del parto. En marzo de 1549, por manejos de su hermano, es ejecutado Thomas Seymour, y su hija queda al cuidado de la duquesa de Suffolk. Solo queda viva de las seis esposas, la menos importante, Ana, que sobrevive a su hijastro y ve la coronación de María Tudor. Se inclina por la presunta heredera, Isabel, y pasa sus últimos días intrigando, gastando en demasía y pretendiendo ser considerada reina viuda porque niega que haya habido divorcio del difunto rey. Muere en julio de 1557 sin ver todavía como reina a su adorada Isabel.


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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Sáb Feb 27, 2010 10:51 pm

Algunas de las cartas de amor de Enrique a Ana Bolena


Meditando acerca del contenido de vuestras últimas cartas, me veo acosado por mil pensamientos torturadores y sin saber a qué atenerme, ya que en unas frases creo descubrir una satisfacción y en otras todo lo contrario. Yo os ruego encarecidamente me digáis cuáles son vuestras intenciones respecto del amor que existe entre los dos.

Necesito a toda costa una respuesta, ya que llevo un año herido por el dardo de vuestro cariño y sin tener aún la seguridad de si hallaré o dejaré de hallar un lugar en vuestro corazón y afecto.

Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola.

Rendidamente suplico una contestación para esta mi carta, pues anhelo saber hasta dónde y para qué puedo contar con vos.

Si no os fuera grato contestar por escrito, indicadme algún lugar donde pueda recibir la respuesta de palabra, y yo acudiré con todo mi corazón.

No sigo por temor a cansaros.

Escrito de mano de quien no desea ser sino vuestro,

E. Rex.”


Os doy las gracias de todo corazón por un presente de tan alto valor que ninguna otra cosa podría igualarlo, no sólo por el valioso diamante y la nave en la que se mece la solitaria doncella, sino muy principalmente por el significado que encierra y la humilde sumisión que supone vuestra bondad hacia mí.

“Creo que me sería muy difícil hallar ocasión para merecerlo si no me asistiera en tal empeño vuestra bondad y favor, los que deseo obtener y preservar por todos los medios a mi alcance; tal es mi firme intención y esperanza según el lema aut illic aut nullibi.

Las demostraciones de vuestro afecto son de tal categoría, y los elevados pensamientos de vuestra carta hállanse tan cordialmente expresados, que me obligan a honraros, amaros y serviros sinceramente y para siempre, rogándoos que continuéis firme en el mismo propósito y asegurándoos que, por lo que a mí incumbe, no sólo he de corresponderos debidamente, sino rebasaros en lealtad de corazón, si ello fuera posible.

Igualmente deseo que, si alguna vez con anterioridad a esta fecha os hubiera de algún modo ofendido, me dierais la misma absolución que de mí solicitáis, asegurándoos que, de aquí en adelante, mi corazón sólo a vos estará dedicado. ¡Ojala pudiera también estarlo mi cuerpo todo! Y así será, queriéndolo Dios, a quien he de rogar diariamente con tal objeto, en la esperanza de que mis plegarias serán al fin escuchadas.

Deseando que el tiempo que haya de transcurrir sea escaso, aunque a mí ha de parecerme largo con exceso.

Escrito de mano del secretario que de alma, cuerpo y voluntad es

Vuestro leal y más seguro servidor








Carta de amor de Catalina a Culpepper

Master Culpeper,


Os ruego- le decía- que me enviéis a decir cómo os encontráis.

Me dijeron que estabais enfermo, y jamás he deseado cosa alguna tanto como veros.

Mi corazón muere sólo de pensar que no puede permanecer para siempre en vuestra compañía.

Venid cuando esté aquí Lady Rochford, pues así me será más fácil estar a vuestras órdenes.

Os agradezco que hayáis prometido ayudar a ese pobre, mi criado, ya que, si él se marchare, no me atrevería a enviaros recado con ningún otro.

Os ruego le deis un caballo, pues yo no he podido conseguir uno para él; por lo tanto, mandadme uno para él; y con esto me despido, esperando veros de aquí a poco.

Ojalá estuviera yo ahora con vos, para que vierais el trabajo que me cuesta escribiros.

Vuestra mientras dure la vida,
Catalina


Olvidaba deciros una cosa, y es que habléis a mi criado y le mandéis que se quede aquí, pues dice que hará lo que vos le ordenéis.

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:39 pm



Los reyes católicos. Esquema de su política de alianzas matrimoniales. Retrato de Arturo, primer esposo de Catalina, y de sus padres

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:41 pm



Retrato de Catalina y de Enrique. El rey de Francia, el duque de Richmond, hijo ilegítimo del rey, y su hija mayor, María Tudor cherry

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:43 pm



Retratos de Ana Bolena, el cardenal Wolsey, el emperador Carlos V y María Bolena, hermana de Ana

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:45 pm



Clemente VII; Cranner, Cronwell, retrato de María Tudor de niña. Tumba de Catalina de Aragón

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:46 pm



Torre de Londres. Retrato de Jane Seymour. Su tumba

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:47 pm



Retrato de Ana de Cleves y Catalina Howard.

Algunas de las cartas de amor de Enrique a Ana Bolena

Meditando acerca del contenido de vuestras últimas cartas, me veo acosado por mil pensamientos torturadores y sin saber a qué atenerme, ya que en unas frases creo descubrir una satisfacción y en otras todo lo contrario. Yo os ruego encarecidamente me digáis cuáles son vuestras intenciones respecto del amor que existe entre los dos.

Necesito a toda costa una respuesta, ya que llevo un año herido por el dardo de vuestro cariño y sin tener aún la seguridad de si hallaré o dejaré de hallar un lugar en vuestro corazón y afecto.

Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola.

Rendidamente suplico una contestación para esta mi carta, pues anhelo saber hasta dónde y para qué puedo contar con vos.

Si no os fuera grato contestar por escrito, indicadme algún lugar donde pueda recibir la respuesta de palabra, y yo acudiré con todo mi corazón.

No sigo por temor a cansaros.

Escrito de mano de quien no desea ser sino vuestro,

E. Rex.”



Os doy las gracias de todo corazón por un presente de tan alto valor que ninguna otra cosa podría igualarlo, no sólo por el valioso diamante y la nave en la que se mece la solitaria doncella, sino muy principalmente por el significado que encierra y la humilde sumisión que supone vuestra bondad hacia mí.

“Creo que me sería muy difícil hallar ocasión para merecerlo si no me asistiera en tal empeño vuestra bondad y favor, los que deseo obtener y preservar por todos los medios a mi alcance; tal es mi firme intención y esperanza según el lema aut illic aut nullibi.

Las demostraciones de vuestro afecto son de tal categoría, y los elevados pensamientos de vuestra carta hállanse tan cordialmente expresados, que me obligan a honraros, amaros y serviros sinceramente y para siempre, rogándoos que continuéis firme en el mismo propósito y asegurándoos que, por lo que a mí incumbe, no sólo he de corresponderos debidamente, sino rebasaros en lealtad de corazón, si ello fuera posible.

Igualmente deseo que, si alguna vez con anterioridad a esta fecha os hubiera de algún modo ofendido, me dierais la misma absolución que de mí solicitáis, asegurándoos que, de aquí en adelante, mi corazón sólo a vos estará dedicado. ¡Ojala pudiera también estarlo mi cuerpo todo! Y así será, queriéndolo Dios, a quien he de rogar diariamente con tal objeto, en la esperanza de que mis plegarias serán al fin escuchadas.

Deseando que el tiempo que haya de transcurrir sea escaso, aunque a mí ha de parecerme largo con exceso.

Escrito de mano del secretario que de alma, cuerpo y voluntad es

Vuestro leal y más seguro servi
dor

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:49 pm

Carta de amor de Catalina a Culpepper

Master Culpeper,


Os ruego- le decía- que me enviéis a decir cómo os encontráis.

Me dijeron que estabais enfermo, y jamás he deseado cosa alguna tanto como veros.

Mi corazón muere sólo de pensar que no puede permanecer para siempre en vuestra compañía.

Venid cuando esté aquí Lady Rochford, pues así me será más fácil estar a vuestras órdenes.

Os agradezco que hayáis prometido ayudar a ese pobre, mi criado, ya que, si él se marchare, no me atrevería a enviaros recado con ningún otro.

Os ruego le deis un caballo, pues yo no he podido conseguir uno para él; por lo tanto, mandadme uno para él; y con esto me despido, esperando veros de aquí a poco.

Ojalá estuviera yo ahora con vos, para que vierais el trabajo que me cuesta escribiros.

Vuestra mientras dure la vida,
Catalina


Olvidaba deciros una cosa, y es que habléis a mi criado y le mandéis que se quede aquí, pues dice que hará lo que vos le ordenéis.



Catalina Parr. Príncipe heredero

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Re: LAS SEIS ESPOSAS DE ENRIQUE VIII

Mensaje por Bloody el Dom Feb 28, 2010 5:50 pm



El rey Eduardo. Thomas Seymour, segundo esposo de Catalina Parr

La moda femenina en la corte de Enrique VIII: Los vestidos

La mayoría de los extranjeros opinaba que las mujeres inglesas vestían mal y sin recato, pero lo que vemos en los retratos induce a pensar que en Inglaterra los escotes no eran más bajos que en otras partes. Aunque es verdad que la moda inglesa iba a la par que el resto de Europa, las damas vestían suntuosamente y llevaban vestidos cuya confección requería como mínimo nueva metros de tela. En 1501 Catalina de Aragón presenta el verdugado (un tipo de saya acampanada) a la corte Inglesa, que añade más rigidez a la moda femenina y será un requisito necesario para todas las prendas de vestir del siglo.






La cola del vestido era larga y formaba una gaza en el extremo para que se viese la enagua o se llevaba sobre el brazo. Los corpiños eran muy ceñidos, tenían escotes amplios y cuadrados con ribetes de ofebrería o joyas y se estrechaban gradualmente hasta rematar en punta por detrás, donde se ataban los cordones. Los corsés con bisagras o "cuerpos" con varillas de metal cubiertos de terciopelo , cuero o seda, se introdujeron hacia 1530. En el decenio de 1540, el escote cuadrado empezó a retroceder ante el cuello alto. Las mujeres embarazadas llevaban corpiños con cordones delanteros que podían aflojarse a medida que transcurrían los meses y crecía la barriga.



En 1530 había aumentado el número de mujeres que usaban el verdugado y las faldas se hicieron más rígidas y más amplias, ahora de llevaban abiertas por delante para que se viese la enagua. Alrededor de la cintura las damas llevaban un ceñidor adornado con joyas del cual colgaba una cadena con un pomo perfumado. Las mangas iban aparte, en los primeros tiempos del reinado se ajustaban mucho la muñeca y su puños se adornaban con pieles y bordados. Con el tiempo se hicieron cada vez más recargadas, con mangas intercambiables debajo, anchas y acuchilladas, con bordes festoneados, y otra manga larga encima, vueltas hacia atrás para que pudiera verse la excelente tela o piel del forro. La mayoría de las mujeres usaban medias negras de estambre tejidas a mano y sujetadas por medio de ligas. La unica prenda interior era el vestido camisero.




La mayoría de las prendas de etiqueta las hacían sastres profesionales que trabajaban por encargo y utilizaban las telas y los adornos que suministraban los comerciantes de tejidos y complementos, que solían importar sus mercancías del extranjero. Generalmente eran más caras que las mejores prendas de diseño de hoy: el valor de un jubón o un vestido equivalía a los ingresos anuales de un trabajador no especializado.


Las telas más costosas y más buscadas eran las diversas clases de seda, terciopelo, damasco, brocado y raso, y el paño de oro y el de plata, que se tejían con urdimbres de metales preciosos, a veces con una trama de seda de color. Esos tejidos, que procedían principalmente de Venecia y Génova, solían llevar suntuosos estampados de granadas, alcachofas, piñas, capullos de rosa, y coronas que se hacían con tintes brillantes.

Bibliografía:

Weir, Alison: Enrique VIII, el rey y la corte, Círculo de Lectores, Barcelona, 2004.

http://www.historyonthenet.com/Tudors/tudor_costume.htm

http://www.pbs.org/wnet/sixwives/times/fashion.html

http://www.nehelenia-designs.com/Ye_Olde_Online_Shoppe/Renaissance/Tudo

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